Una densa niebla. Un inmenso mar. Una ventana oscura. Y yo aquí, observando una pequeña cabaña en mitad de la nada. Sencilla, sin más muebles que una mesa y sillas. Y vigas, vigas lo suficiente robustas como para aguantar el peso de un hombre. Aún recuerdo aquellos pantalones tan feos que me regaló. Me los ponía para no tener de nuevo otra discusión, pero tal vez deberíamos haber hablado más. Quizá eso habría evitado que buscara consuelo en otro. Sí, quizá. Ya no hay marcha atrás. Y ahora que me veo ahí colgado, sí que me quedaban mal esos pantalones.
No hay comentarios:
Publicar un comentario