Fragmentos de un escritor mediocre
Un mal día
¿Un mal día? Y una mierda. Un mal día es cuando te levantas a unas horas en las que recuerdas aquellas palabras tan de abuela: "¡Que todavía no están puestas las calles!". ¿Y qué? Tengo que ir a trabajar. Esa es otra. Un trabajo que no quiero para comprar cosas que no necesito. Cuánto daño a hecho El Club de la Lucha. O bien. Aún no lo tengo claro. Un mal día es cuando te pasas ocho horas delante de un ordenador realizando la misma acción repetitiva. Una vez. Otra vez. Y otra. Una copia de una copia. En serio, debería dejar de citar esa peli. Llegas a casa con la sensación de vacío que te provoca un trabajo misero. Una existencia infame. El conocimiento de que nadie te estudiará en el instituto. De que no se harán libros sobre ti. De que los bardos no cantarán canciones en tu honor. Y estar tumbado en la cama pensando que tal vez lo único que te reconfortaría en ese instante sería poner una bomba en los cimientos de varios edificios de la ciudad y verlos derrumbarse mientras tú agarras la mano de la chavala de turno. Lo prometo, dejo en paz la peli. Eso es un mal día, no un día en que tu equipo pierde. Se te ha quemado la comida. O has perdido el bus. Eso sí que es un mal día. O quizá tan solo sea un día normal. Aún no lo tengo claro.
El extraño
Cogí el tren como cada mañana. Nada fuera de sitio. Nada fuera de lo normal. Un nuevo día, una misma rutina. Cada día, una copia del anterior. Salvo ese día. Ese día fue diferente. Un extraño se sentó a mi lado, un hombre de mediana edad. No tan anciano como parecía dado su aspecto cansado. Se sacó un libro del bolsillo, escribió algo en él y lo dejó sobre sus rodillas. Estuvimos hablando sobre la familia, el trabajo y el tiempo, supongo que era lo normal en una situación así. Cuando bajó del tren observé que se había dejado olvidado el libro. Cuando levanté la vista para llamarlo observé asombrado como aquel anciano se lanzaba, sin ningún atisbo de duda, a las vías del tren. Me quedé consternado. No puede hacer más que sentarme y mirar aquel libro, un pequeño libro de poemas. Entre gritos y movimiento, abrí el libro y busqué aquello que había escrito en él. "Este libro me acompañó durante toda mi vida. Fue mi compañero y mi amigo, y ahora que he decidido ponerle fin a mi vida, quiero que lo tengas tú, querido desconocido. Espero que haga de tu vida una aventura, al igual que hizo conmigo." Ese hombre acababa de darme lo que parecía su bien más preciado antes de quitarse la vida. Ese día cambió mi vida. Y desde entonces visito la tumba de ese hombre cada año, para darle las gracias por sacarme de mi aburrida rutina.
Sevilla
Unas murallas, que no protegen nada.
Una Giralda, cada día más pequeña.
Una Torre del Oro, cada día más de plata.
Un río, que separa dos mitades.
Un casco antiguo, que resopla por sus vírgenes.
Un Real, con más patillas que conciencia.
Una ciudad, anclada en el pasado.
Una Giralda, cada día más pequeña.
Una Torre del Oro, cada día más de plata.
Un río, que separa dos mitades.
Un casco antiguo, que resopla por sus vírgenes.
Un Real, con más patillas que conciencia.
Una ciudad, anclada en el pasado.
Mirar atrás.
Tendría que haber parado y mirado atrás. Eso era lo sencillo. A mí me gustaban los retos. Decidí continuar solo, y me pasó factura. ¡Vaya si lo hizo! Lo perdí todo. ¿Y para qué? Para hallar la más absoluta tranquilidad.
La cabaña en mitad de la nada.
Una densa niebla. Un inmenso mar. Una ventana oscura. Y yo aquí, observando una pequeña cabaña en mitad de la nada. Sencilla, sin más muebles que una mesa y sillas. Y vigas, vigas lo suficiente robustas como para aguantar el peso de un hombre. Aún recuerdo aquellos pantalones tan feos que me regaló. Me los ponía para no tener de nuevo otra discusión, pero tal vez deberíamos haber hablado más. Quizá eso habría evitado que buscara consuelo en otro. Sí, quizá. Ya no hay marcha atrás. Y ahora que me veo ahí colgado, sí que me quedaban mal esos pantalones.
Sublevación inútil
Queremos luchar sin gritar.
Sublevarnos desde un sofá.
Legalidad y fraternidad,
sin ninguna igualdad.
Avanzar sin sufrir.
Vencer sin combatir.
Pero sobre todo,
queremos vivir sin morir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)